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martes, 26 de octubre de 2021

«Yo quiero» no es «yo tengo derecho»

        Soy de la convicción de que la felicidad no es un lugar al que se llega; es más bien un estado veleidoso y fugaz que tiene que ver con afrontar los retos de la vida de la forma más constructiva posible y, también, con la autoaceptación. 

        Una sociedad que te hace creer que puedes exigir legalmente el cumplimiento de todos tus deseos es una sociedad que confunde derechos con ilusiones, narcisista y abocada indefectiblemente a la infelicidad; es una sociedad que se alimenta de frustración y nos convierte en esclavos del ego, ese monstruo voraz e insaciable que nos vuelve ciegos y sordos a las auténticas necesidades del alma.

        Cuando nos venden como diversidad lo que no es más que individualismo llevado al extremo es que hemos perdido el rumbo y caminamos cuesta abajo sin frenos por la senda de la insatisfacción. 


        «Yo quiero» no es «yo tengo derecho». Es «yo quiero», pero la cosa se complica aún más cuando lo que queremos no es, en realidad, lo que queremos, sino lo que quieren que queramos.

Atrapados en nuestro propio delirio, estamos dispuestos a secundar e institucionalizar las subjetividades más ilusorias y castigar la disidencia ideológica enarbolando la bandera de la libertad y la tolerancia. ¿Qué nos está pasando? Cómo es posible que quienes ayer éramos consideradas luchadoras, seamos hoy tachadas de „basura tránsfoba“ por parte de nuestros propios representantes políticos?,sí, los mismos que afirman sin rubor defender la tolerancia.


        Una sociedad neocapitalista funciona como un vendedor de humo, como un prestidigitador, un mago: crea ilusiones, las disfraza de necesidades y de realidades incontestables, y nos la vende como elixir de la felicidad, ocultándonos deliberadamente que la verdadera libertad nace de la autoaceptación.


        Si abrimos la puerta a la legislación de los deseos, entramos en una dimensión en la que cualquier sinsentido es posible: Empezamos por imponer que sexo y género es lo mismo y podemos acabar aceptando y legislando que las personas pelirrojas son íncubos de Satanás. Y, si no estás dispuesta a comulgar con ruedas de molino, te expones a que te insulten impunemente quienes, desde la política, deberían escuchar con respeto las voces disidentes. ¡Es perfecto! Ni la mismísima triada Hitler-Mussolini-Franco lo habría podido planear mejor. 


        Y nosotros, comprando humo y diciéndole a nuestros menores que sí, que su cuerpo está mal, que „les asignaron“ un sexo equivocado al nacer, como si en la sala de partos hubiera una cajita rosa llena de vulvas y otra azul llena de penes, a repartir a voleo según van naciendo los cuerpecillos sin sexo. 

        No sé, creí que lo que se esperaba de un gobierno progresista era que fomentara la inclusión de la diversidad, la aceptación de la diferencia, no la imposición de una visión distópica que nos promete la felicidad a cambio de renegar de nuestro propio cuerpo y que acepta como verdad empírica la más pura subjetividad.


        No hay cuerpos equivocados ni sexos asignados; hay intereses creados y falacias de base: una persona que no se siente agusto con su cuerpo tiene un problema que no se soluciona con hormonas ni operaciones y necesita apoyo psicológico para aceptarse tal como es o, al menos, para ayudarla a tomar decisiones meditadas que pueden cambiar su vida y afectar a su salud. ¿De verdad vamos a permitir que nuestros menores queden en semejante situación de vulnerabilidad? Vamos a contribuir a estigmatizar aún más la diferencia en lugar de luchar por su inclusión? Porque, personalmente, que un hombre se ponga falda y se haga llamar Carmen merece todo mi respeto. Pero eso no lo convierte en mujer; lo convierte en un hombre al que le gusta la estética estereotipada asignada al rol femenino. Nada más. Igual que una mujer que desearía haber nacido hombre no deja de ser biológicamente mujer por llevar el pelo al uno o hacerse amputar los pechos.


        Ser mujer no viene determinado por la estética; si fuera así, las mujeres que ni se maquillan ni llevan ropa típicamente femenina dejarían automáticamente de pertenecer a este grupo.


       Es muy sintomático que sean precisamente las mujeres trans (hombres biológicos que transicionan a mujer) las que más ruido meten en esta discusión. Las razones son obvias: no creo que las personas que han transicionado al lado masculino representen una amenaza física para el colectivo de hombres y den la murga para poder entrar en una cárcel, un baño público o en una sauna de hombres o ser admitidas en un equipo masculino de halterofilia. 

 

         Si queremos una sociedad madura, más justa y menos hipócrita hemos de luchar por la inclusión y la aceptación de la diversidad; pretender cambiar la órbita terrestre para satisfacer las reivindicaciones de unos pocos es, además de imposible, terriblemente irrespetuoso con la mitad de la población y un error garrafal que nos convierte en seres infantilizados, terriblemente narcisistas, manipulados y consentidos, incapaces de aceptar que „yo quiero“ no es „yo tengo derecho“.