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martes, 14 de junio de 2022

El árbol del amor

 


El otro día salí a pasear por el río con mi marido y mi perro, como todos los días. Es un hábito al que no damos demasiada importancia, pero que nos brinda un tiempo precioso para intercambiar pareceres, disfrutar de la naturaleza y comentar nuestras inquietudes. Suelen ser paseos agradables, pero tampoco es improbable que acabemos discutiendo acaloradamente sobre algún tema, sacando sapos y culebras por la boca y volviendo a casa cada uno por su lado, ofendidos, enfadados y tristes, con la convicción de que el mundo se desmorona bajo nuestros pies y que el culpable es, indefectiblemente, el otro. Quermos morir y matar.

Hasta aquí, normal, pensaréis. Y sí, no es un secreto que las parejas lo mismo van cogiditos de la mano como si fueran adolescentes que se ponen mutuamente a caer de un burro, pero el otro día tuve una revelación que me hizo replantearme el sentido de todo ese veneno que somos capaces de escupirle impunemente a la cara a la persona a quien más queremos. La receta, ya sabéis, es simple: una buena base de susceptibilidad, una porción de resentimiento, tres pizcas de ira descontrolada y un ego XXL con problemas de visión periférica.

Pero como decía, el otro día tuve una revelación: mientras caminábamos por el río nos encontramos a un vecino, un señor muy mayor que solía pasear con su mujer y su perro por el barrio y al que conocí, porque su mujer y él me pidieron prestado el carrito de la bici. Era para poder sacar al animal que, de tan viejecito, ya no podía ni caminar. Al poco, el perro murió, pero ellos, aunque tristes, continuaban saliendo juntos de paseo. Por eso me extrañó verlo allí solito, sentado en una roca, frente al río y a unos 50 metros de un hermoso árbol que proyecta su sombra sobre las aguas caprichosas del río Isar.

“¡Buenos días, Sr. Fulanito!, ¿Qué hace aquí tan solo? ¿Y su mujer?”, le pregunté con una sonrisa. “Mi mujer… no me dejan llevármela a casa: la internaron en una residencia y no me la quieren devolver, porque dicen que yo no puedo cuidarla”. Se me hizo un nudo en la garganta. “Estoy muy solo, ya no me interesa nada; si no puedo estar con ella, la vida no tiene sentido. Vé usted ese árbol?”, me preguntó, “pues hasta hace muy poco solíamos ir paseando hasta él, descansábamos un poco y volvíamos a casa. Ahora, eso ya no es posible. Nunca volveré a ir con ella de la mano hasta ese árbol. ¡Nunca!”. Se puso a llorar. Ese hombre había sido ingeniero y un pintor excelente, es una persona tremendamente culta y, hasta entonces, siempre había rezumado vitalidad. Ahora, lloraba como un niño porque jamás volvería a pasear con su mujer hasta un árbol que crece a la orilla del río; solo deseaba eso: caminar junto a ella y descansar al pie de su árbol. No supe qué decirle.


martes, 26 de octubre de 2021

«Yo quiero» no es «yo tengo derecho»

        Soy de la convicción de que la felicidad no es un lugar al que se llega; es más bien un estado veleidoso y fugaz que tiene que ver con afrontar los retos de la vida de la forma más constructiva posible y, también, con la autoaceptación. 

        Una sociedad que te hace creer que puedes exigir legalmente el cumplimiento de todos tus deseos es una sociedad que confunde derechos con ilusiones, narcisista y abocada indefectiblemente a la infelicidad; es una sociedad que se alimenta de frustración y nos convierte en esclavos del ego, ese monstruo voraz e insaciable que nos vuelve ciegos y sordos a las auténticas necesidades del alma.

        Cuando nos venden como diversidad lo que no es más que individualismo llevado al extremo es que hemos perdido el rumbo y caminamos cuesta abajo sin frenos por la senda de la insatisfacción. 


        «Yo quiero» no es «yo tengo derecho». Es «yo quiero», pero la cosa se complica aún más cuando lo que queremos no es, en realidad, lo que queremos, sino lo que quieren que queramos.

Atrapados en nuestro propio delirio, estamos dispuestos a secundar e institucionalizar las subjetividades más ilusorias y castigar la disidencia ideológica enarbolando la bandera de la libertad y la tolerancia. ¿Qué nos está pasando? Cómo es posible que quienes ayer éramos consideradas luchadoras, seamos hoy tachadas de „basura tránsfoba“ por parte de nuestros propios representantes políticos?,sí, los mismos que afirman sin rubor defender la tolerancia.


        Una sociedad neocapitalista funciona como un vendedor de humo, como un prestidigitador, un mago: crea ilusiones, las disfraza de necesidades y de realidades incontestables, y nos la vende como elixir de la felicidad, ocultándonos deliberadamente que la verdadera libertad nace de la autoaceptación.


        Si abrimos la puerta a la legislación de los deseos, entramos en una dimensión en la que cualquier sinsentido es posible: Empezamos por imponer que sexo y género es lo mismo y podemos acabar aceptando y legislando que las personas pelirrojas son íncubos de Satanás. Y, si no estás dispuesta a comulgar con ruedas de molino, te expones a que te insulten impunemente quienes, desde la política, deberían escuchar con respeto las voces disidentes. ¡Es perfecto! Ni la mismísima triada Hitler-Mussolini-Franco lo habría podido planear mejor. 


        Y nosotros, comprando humo y diciéndole a nuestros menores que sí, que su cuerpo está mal, que „les asignaron“ un sexo equivocado al nacer, como si en la sala de partos hubiera una cajita rosa llena de vulvas y otra azul llena de penes, a repartir a voleo según van naciendo los cuerpecillos sin sexo. 

        No sé, creí que lo que se esperaba de un gobierno progresista era que fomentara la inclusión de la diversidad, la aceptación de la diferencia, no la imposición de una visión distópica que nos promete la felicidad a cambio de renegar de nuestro propio cuerpo y que acepta como verdad empírica la más pura subjetividad.


        No hay cuerpos equivocados ni sexos asignados; hay intereses creados y falacias de base: una persona que no se siente agusto con su cuerpo tiene un problema que no se soluciona con hormonas ni operaciones y necesita apoyo psicológico para aceptarse tal como es o, al menos, para ayudarla a tomar decisiones meditadas que pueden cambiar su vida y afectar a su salud. ¿De verdad vamos a permitir que nuestros menores queden en semejante situación de vulnerabilidad? Vamos a contribuir a estigmatizar aún más la diferencia en lugar de luchar por su inclusión? Porque, personalmente, que un hombre se ponga falda y se haga llamar Carmen merece todo mi respeto. Pero eso no lo convierte en mujer; lo convierte en un hombre al que le gusta la estética estereotipada asignada al rol femenino. Nada más. Igual que una mujer que desearía haber nacido hombre no deja de ser biológicamente mujer por llevar el pelo al uno o hacerse amputar los pechos.


        Ser mujer no viene determinado por la estética; si fuera así, las mujeres que ni se maquillan ni llevan ropa típicamente femenina dejarían automáticamente de pertenecer a este grupo.


       Es muy sintomático que sean precisamente las mujeres trans (hombres biológicos que transicionan a mujer) las que más ruido meten en esta discusión. Las razones son obvias: no creo que las personas que han transicionado al lado masculino representen una amenaza física para el colectivo de hombres y den la murga para poder entrar en una cárcel, un baño público o en una sauna de hombres o ser admitidas en un equipo masculino de halterofilia. 

 

         Si queremos una sociedad madura, más justa y menos hipócrita hemos de luchar por la inclusión y la aceptación de la diversidad; pretender cambiar la órbita terrestre para satisfacer las reivindicaciones de unos pocos es, además de imposible, terriblemente irrespetuoso con la mitad de la población y un error garrafal que nos convierte en seres infantilizados, terriblemente narcisistas, manipulados y consentidos, incapaces de aceptar que „yo quiero“ no es „yo tengo derecho“.


miércoles, 24 de mayo de 2017

Das schwierige Unterfangen, Mutter zu sein



Nein, ich bin keine perfekte Mutter. Ich bin nicht als Mutter geboren und habe so meine Schwierigkeiten, mich in dieser Rolle zurechtzufinden, obwohl es schon 17 Jahre her ist, dass ich diesen Titel erworben habe, doch immer wieder muss ich mir eingestehen, dass tief in mir, ein Krieg stattfindet zwischen dem, was sein sollte und dem, was es tatsächlich ist.

Wer einer Mutter Vorwürfe macht, sie erziehe ihre Kinder nicht richtig, hat entweder keine Kinder oder keine Erinnerungen. Mutter zu sein ist schwierig, mühsam und erschöpfend.
Nicht dass ich denke, es hätte keine positiven Aspekte. Im Gegenteil: Mutter zu sein ist gewiss eine schöne Sache, wenn Frau bereit ist, über ihre eigenen Grenzen zu gehen, sich in den Schatten des Alltags zu stellen. Doch nicht immer ist es eine schmerzfreie Angelegenheit, über den Zaun zu springen und es besteht durchhaus die Gefahr, sich dabei das Genick zu brechen oder sich ernsthaft zu verletzen. Das wäre, würden viele meinen, nicht weiter so schlimm, wenn dadurch das Wohl des Nachwuchses versichert ist. Und genau darum geht es: Bin ich bereit mich bedingungslos für das Wohlbefinden meine Kinder zu opfern? Wie weit geht die Pflicht, aufs eigene Wohlbefinden und Selbstverwirklichung zugunsten des eigenen Fleisch und Blutes zu verzichten?  
Und wehe Frau nicht mit einem „Bis zu Unendlichkeit und noch viel weiter“ antwortet! Dann, wird sie zweifellos als „Rabenmutter“, „egoistisch“ und schlechthin als „böse“ beschimpft.

Aber seien wir mal ehrlich: waren wir Mütter auch nicht einmal einfach nur Frauen? Menschen, die eigene Träume haben und von den Gezeiten des Lebens auch hin und her gezerrt werden? Individuen, die nicht vollkommen sind und das Recht haben Fehler zu machen und aus diesen zu lernen? Wenn doch, warum werden wir ständig unter die Lupe genommen, kritisiert, belehrt? Sind wir ja auch nicht nur Menschen, die auf dem Lebensweg stolpern, manchmal hinfallen und sich wieder aufrappeln?

Keiner hat mich beigebracht, eine Mutter zu sein. Ich gebe mir Mühe, aber sobald ich diesbezüglich festen Boden unter den Füssen spüre, wendet sich das Blatt erneut und das, was sich für ein zehnjähriges Kind als richtige Maßnahme erweist, verliert im Handumdrehen seine Wirkung und Frau muss sich wieder neue gerechte und kluge Strategien einfallen lassen und hoffen, ihren Nachwuchs und die Gesellschaft damit zufriedenzustellen.

Kinder sind ein Segen, aber sie sind auch nicht ohne, vor allem in einer Welt, die nicht sonderlich einfühlsam auf die Bedürfnisse der Frauen eingeht, die sie tagtäglich auf die Probe stellt und sie leichtsinnig beurteilt, die sie voller Skepsis anguckt, wenn im Lebenslauf eine lange Arbeitspause wie eine Fleischwunde klafft. Nein es ist keine leichte Aufgabe, den Schein der Perfektion zu bewahren, wo wir Menschen von Natur aus, imperfekt sind.


viernes, 7 de abril de 2017

Me gusta mojarme




La vida es interesante. Muy interesante. Pasan cosas; buenas, malas y regulares, pero es eso precisamente lo que nos hace sentir vivos, porque no hemos venido aquí a pasearnos indolentemente por las márgenes del río de la vida, sino a zambullirnos de cabeza en sus impredecibles aguas. Eso sí, hay que tener en cuenta que nos vamos a mojar, y mucho. A mí me gusta mojarme, o mejor dicho, me gusta la sensación de que mojarme ha valido la pena, si después puedo sentarme frente a una chimenea encendida, envuelta en el acogedor abrazo de una manta suave y peluda, mientras espero, con las pupilas encendidas por el reflejo del fuego y las manos ateridas de frío, alrededor de una taza de té, a que se seque mi ropa, aún a sabiendas de que, tarde o temprano, voy a volver al río.

İQué tontería!-Pensarán muchos-  Por qué no apalancarse para siempre frente al fuego? Qué necesidad hay de mojarse, de luchar, a veces contra corriente, para que tus pulmones no se llenen de agua y te vayas derechita al fondo? Bien, es una opción. Yo prefiero ir de pesca, intentar vadear las zonas más profundas, construir un camino de piedras allá donde las aguas son más accesibles y saltar de una a otra, procurando no torcerme un tobillo. Y si me lo tuerzo, al menos habré aprendido un montón de cosas y me lo habré pasado bomba estudiando la fauna y la flora que jalona y habita el río. Y, luego, espera el fuego. Y el té. Y la manta. Y quién sabe si algo más...

miércoles, 5 de abril de 2017

La suerte de los demás

El mundo no es un lugar cruel. Ni amable. Es, simplemente, eso: el mundo.

No existen confabulaciones cósmicas para hacernos perder todos los trenes que dejamos escapar a lo largo de nuestra vida, como tampoco existe una varita mágica que vaya sembrando de rosas el camino de los demás, siempre indefectiblemente más llano e indudablemente más soleado. Entender el mundo en esos términos es, creo, pobreza de espíritu. Y es peligroso. Peligroso para una misma y peligroso para quienes te rodean, porque elimina de un plumazo la responsabilidad sobre nuestra propia existencia. Una responsabilidad que adquirimos nada más nacer y que, a lo largo del camino, puede convertirse en nuestra mayor aliada, si conseguimos no sucumbir a los cantos de sirena que nos empujan a un océano de autocompasión, habitado por los terribles monstruos del victimismo, la justificación de nuestra propia pasividad y el odio hacia la adversidad del universo.

Hay personas que son maestras en el arte de desoír: se desoyen a sí mismas y a los demás, al mensajero interno que les incita a levantarse y caminar, al griterío del mundo en su imparable devenir y a las sutiles hadas de la intuición. Son personas convencidas de que el reloj de sus vidas marca las horas más rápido que los de las vidas ajenas, de que sus lágrimas son más amargas y sus días más nublados y, lo más trágico, es que, a fuerza de practicar su desventura, sus horas se hacen, en efecto, más cortas, sus lágrimas se convierten en hiel y sus días se visten de gris.
Buscan la felicidad, dicen, pero es mentira, porque buscar implica esfuerzo, iniciativa, valor y, claro, eso es un privilegio que solo está al alcance de los que tienen suerte. Y ellos no la tienen. Y punto.
Es inútil intentar convencerles de que deben actuar, de que, aunque nadie les garantice el Santo Grial por poner un pie delante del otro, eso, precisamente eso, es lo único que pueden hacer para intentar atraer la atención de esa diosa veleidosa a la que llamamos suerte.

No es fácil mantener una amistad con este tipo de personas, porque exigen tácitamente tu compasión incondicional y te relegan al mero papel de escuchador con suerte. Son tiranos ególatras que buscan en los demás carta blanca para revolcarse en el lodo de su indiscutible desventura y se revuelven como fieras heridas ante cualquier intento ajeno de desvictimización. Se pasan la vida pegando el termómetro a la bombilla para no tener que ir al cole, solo que el cole, ahora, es la vida y al mundo le importa un carajo si vas o vienes, o, si por el camino, te entretienes.

“Tú sí que tienes suerte con tu marido”- te dicen-, o “Ya, es que no es tan fácil” y pasan, acto seguido, a desplegar una infranqueable barrera de convincentes argumentos, cuyo único objetivo es el de reafirmarles en su inamovible e insoluble situación vital e impedir el acceso de cualquier amago de solución. Llegados a este punto, solo un pleno al quince o el bote de la Primitiva podrían arrojar algo de luz sobre sus agoreras tinieblas.

No quieren ayuda; quieren suerte. Y, a veces, ni siquiera eso: el estadio más grave de la “victimitis” se caracteriza por el bloqueo inmediato de cualquier medida que pueda llegar a desviarles unos centímetros de su vertiginosa carrera hacia la infelicidad, a su monte del Calvario particular, porque, en el fondo, quieren quedarse como están: llevan toda una vida cavando su propia fosa y no van a permitir que ningún soplo de aire fresco se cruce en sus planes, porque saben que si lo permiten, van a tener que entrar en acción y porque saben, en el fondo, que en ellos, y solo en ellos, está el camino y la redención.
Prefieren emplear su fuerza para afianzarse en el lodazal, aunque pierdan la batalla antes siquiera de librarla. Coleccionan las dificultades y obstáculos que encuentran a lo largo de su existencia, los alimentan y los convierten en cancerberos de su vida, para que nadie pueda traspasar la barrera de su infortunio.

Pero, ojo, nadie es completamente invulnerable al victimismo: es una afección contagiosa que implica el nada desdeñable riesgo de sucumbir a la espiral del “Pues anda que yo!” y posicionarnos, casi sin darnos cuenta, en competencia directa por la medalla de oro al “pobrecitismo”.
Yo, personalmente, he caído en la trampa en más de una ocasión y vive Dios que me ha costado salir. Me he dejado contagiar y, de hecho, me han quedado importantes secuelas; me temo que de por vida. Quizás me hayan servido de revulsivo, de vacuna para no volver a enfermar jamás de victimitis aguda.

Supongo que, en el fondo, actuando así, no buscamos otra cosa que sentirnos queridos, comprendidos, reconfortados. En el fondo, todos buscamos ser amados; lo malo es que, a veces, confundimos amor con compasión. Y ahí es donde la cagamos en dos direcciones: de ida y de vuelta; como emisor de penas y como receptor aquiescente y alimentador de la bestia.
Es muy tentador que te digan “Tú sí que me entiendes!”, pero es un sentimiento nocivo, engañoso, pérfido y, sobre todo, cobarde.

Y sí, mi marido es una joya. Y me lo merezco, igual que él me merece a mí y ambos merecemos a nuestros hijos. Y no, no es suerte, porque la suerte empieza y termina en el mismo instante en el que esa persona se cruza en tu camino; eso es todo, el resto, es trabajo, voluntad y esfuerzo. Lo que viene siendo, básicamente, vivir.


viernes, 27 de enero de 2017

Buen viaje, Bimba!

Buen viaje, Bimba!

No te conocí, ni personal ni mediáticamente y sin embargo, comparto más cosas contigo que con, por ejemplo, mi vecina del 1°.
Hablo de esa enfermedad cabrona que se ceba en nuestro sexo. Hablo de sufrimiento y esperanza, del abismo del miedo, de aceptación, de incertidumbre y entereza, de estupor y de los agujeros negros del alma. Hablo de ti, hablo de mí y hablo de miles de mujeres más; mujeres jóvenes, maduras, guapas, feas, rubias, morenas, anónimas, famosas... Mujeres.

No me importa lo que creyeras encontrar al otro lado (si es que creías en algo) porque no tengo derecho a cuestionar tus creencias, tus esperanzas ni tus miedos, porque solo conozco una parte infinitesimal de lo que hay a este lado, al lado en el que ya no estás.

Sé, por ejemplo, que hay gente amable, en el sentido más literal de la palabra- es decir, dignos de ser amados- y gente despreciable.
Entre estos últimos, los despreciables, se cuentan los guardianes indiscutibles de la verdad: de la verdad aquí, a este lado, y la verdad allí, al otro lado.

Sí, hablo de Antonio Burgos y Salvador Sostres y de todos los Antonios Burgos y Salvadores Sostres de este mundo, de todos los que, estando aquí, merecerían estar allí; de los que hablan porque tienen boca o escriben porque tienen dedos, de los que hacen cruzada sobre el dolor ajeno, de los que hacen de su incapacidad un dardo envenenado, de los arrogantes, de los que tienen una almorrana donde deberían tener la amígdala, de los irrespetuosos, insensibles y oportunistas. De ellos hablo. Y de ti. Y de mí. Y del cáncer. Y de la muerte. Y del respeto.

No, no aceptamos el odio de los despreciables, no compramos sus arengas pro-cristianas ni su irreverente ironía, su cruz y su espada, sus palabras podridas, sus deshechos neuronales, los despojos de su alma. No. Ni tú, ni yo, ni los que amamos. Ni los que nos aman.

Ellos, los despreciables, pretenden que estemos donde ellos deciden que hemos de estar, incluso, cuando ya, sencillamente, no estamos.

Buen viaje, Bimba!





jueves, 26 de enero de 2017

A mi padre, un hombre bueno



Hoy te has marchado. Digno, generoso y valiente como tú eres.
Hoy te has marchado, pero nos dejas tu luz.

Una vez más has conseguido reunirnos a todos,
como a ti te gusta.
Esta vez para acompañarte al puerto del que parte la nave que, como dice Machado, nunca ha de tornar:
mar adentro, hacia el horizonte.
Salitre, luz, infinito.

Ha sido un honor esperar contigo.
Un regalo acompañarte.
Un privilegio llevarte en nuestros genes,
en nuestros corazones,
en nuestras vidas.

La integridad, generosidad, fuerza y voluntad
se inventaron para definirte;
esperamos ser dignos depositarios de tu legado.

!Buen viaje, marinero!