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viernes, 7 de abril de 2017

Me gusta mojarme




La vida es interesante. Muy interesante. Pasan cosas; buenas, malas y regulares, pero es eso precisamente lo que nos hace sentir vivos, porque no hemos venido aquí a pasearnos indolentemente por las márgenes del río de la vida, sino a zambullirnos de cabeza en sus impredecibles aguas. Eso sí, hay que tener en cuenta que nos vamos a mojar, y mucho. A mí me gusta mojarme, o mejor dicho, me gusta la sensación de que mojarme ha valido la pena, si después puedo sentarme frente a una chimenea encendida, envuelta en el acogedor abrazo de una manta suave y peluda, mientras espero, con las pupilas encendidas por el reflejo del fuego y las manos ateridas de frío, alrededor de una taza de té, a que se seque mi ropa, aún a sabiendas de que, tarde o temprano, voy a volver al río.

İQué tontería!-Pensarán muchos-  Por qué no apalancarse para siempre frente al fuego? Qué necesidad hay de mojarse, de luchar, a veces contra corriente, para que tus pulmones no se llenen de agua y te vayas derechita al fondo? Bien, es una opción. Yo prefiero ir de pesca, intentar vadear las zonas más profundas, construir un camino de piedras allá donde las aguas son más accesibles y saltar de una a otra, procurando no torcerme un tobillo. Y si me lo tuerzo, al menos habré aprendido un montón de cosas y me lo habré pasado bomba estudiando la fauna y la flora que jalona y habita el río. Y, luego, espera el fuego. Y el té. Y la manta. Y quién sabe si algo más...

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