El mundo no es un lugar cruel. Ni amable. Es, simplemente, eso: el mundo.
No existen
confabulaciones cósmicas para hacernos perder todos los trenes que dejamos
escapar a lo largo de nuestra vida, como tampoco existe una varita mágica que vaya
sembrando de rosas el camino de los demás, siempre indefectiblemente más llano
e indudablemente más soleado. Entender el mundo en esos términos es, creo,
pobreza de espíritu. Y es peligroso. Peligroso para una misma y peligroso para
quienes te rodean, porque elimina de un plumazo la responsabilidad sobre
nuestra propia existencia. Una responsabilidad que adquirimos nada más nacer y
que, a lo largo del camino, puede convertirse en nuestra mayor aliada, si
conseguimos no sucumbir a los cantos de sirena que nos empujan a un océano de
autocompasión, habitado por los terribles monstruos del victimismo, la
justificación de nuestra propia pasividad y el odio hacia la adversidad del
universo.
Hay personas que son maestras en el arte de desoír: se desoyen a sí mismas y a los demás, al mensajero interno que les incita a levantarse y caminar, al griterío del mundo en su imparable devenir y a las sutiles hadas de la intuición. Son personas convencidas de que el reloj de sus vidas marca las horas más rápido que los de las vidas ajenas, de que sus lágrimas son más amargas y sus días más nublados y, lo más trágico, es que, a fuerza de practicar su desventura, sus horas se hacen, en efecto, más cortas, sus lágrimas se convierten en hiel y sus días se visten de gris.
Buscan la
felicidad, dicen, pero es mentira, porque buscar implica esfuerzo, iniciativa,
valor y, claro, eso es un privilegio que solo está al alcance de los que tienen
suerte. Y ellos no la tienen. Y punto.
Es inútil
intentar convencerles de que deben actuar, de que, aunque nadie les garantice el
Santo Grial por poner un pie delante del otro, eso, precisamente eso, es lo
único que pueden hacer para intentar atraer la atención de esa diosa veleidosa a
la que llamamos suerte.
No es fácil mantener una amistad con este tipo de personas, porque exigen tácitamente tu compasión incondicional y te relegan al mero papel de escuchador con suerte. Son tiranos ególatras que buscan en los demás carta blanca para revolcarse en el lodo de su indiscutible desventura y se revuelven como fieras heridas ante cualquier intento ajeno de desvictimización. Se pasan la vida pegando el termómetro a la bombilla para no tener que ir al cole, solo que el cole, ahora, es la vida y al mundo le importa un carajo si vas o vienes, o, si por el camino, te entretienes.
“Tú sí que tienes suerte con tu marido”- te dicen-, o “Ya, es que no es tan fácil” y pasan, acto seguido, a desplegar una infranqueable barrera de convincentes argumentos, cuyo único objetivo es el de reafirmarles en su inamovible e insoluble situación vital e impedir el acceso de cualquier amago de solución. Llegados a este punto, solo un pleno al quince o el bote de la Primitiva podrían arrojar algo de luz sobre sus agoreras tinieblas.
No quieren ayuda; quieren suerte. Y, a veces, ni siquiera eso: el estadio más grave de la “victimitis” se caracteriza por el bloqueo inmediato de cualquier medida que pueda llegar a desviarles unos centímetros de su vertiginosa carrera hacia la infelicidad, a su monte del Calvario particular, porque, en el fondo, quieren quedarse como están: llevan toda una vida cavando su propia fosa y no van a permitir que ningún soplo de aire fresco se cruce en sus planes, porque saben que si lo permiten, van a tener que entrar en acción y porque saben, en el fondo, que en ellos, y solo en ellos, está el camino y la redención.
Prefieren emplear
su fuerza para afianzarse en el lodazal, aunque pierdan la batalla antes
siquiera de librarla. Coleccionan las dificultades y obstáculos que encuentran
a lo largo de su existencia, los alimentan y los convierten en cancerberos de
su vida, para que nadie pueda traspasar la barrera de su infortunio.
Pero, ojo, nadie es completamente invulnerable al victimismo: es una afección contagiosa que implica el nada desdeñable riesgo de sucumbir a la espiral del “Pues anda que yo!” y posicionarnos, casi sin darnos cuenta, en competencia directa por la medalla de oro al “pobrecitismo”.
Yo,
personalmente, he caído en la trampa en más de una ocasión y vive Dios que me
ha costado salir. Me he dejado contagiar y, de hecho, me han quedado
importantes secuelas; me temo que de por vida. Quizás me hayan servido de
revulsivo, de vacuna para no volver a enfermar jamás de victimitis aguda.
Supongo que, en el fondo, actuando así, no buscamos otra cosa que sentirnos queridos, comprendidos, reconfortados. En el fondo, todos buscamos ser amados; lo malo es que, a veces, confundimos amor con compasión. Y ahí es donde la cagamos en dos direcciones: de ida y de vuelta; como emisor de penas y como receptor aquiescente y alimentador de la bestia.
Es muy tentador
que te digan “Tú sí que me entiendes!”, pero es un sentimiento nocivo,
engañoso, pérfido y, sobre todo, cobarde.
Y sí, mi marido es una joya. Y me lo merezco, igual que él me merece a mí y ambos merecemos a nuestros hijos. Y no, no es suerte, porque la suerte empieza y termina en el mismo instante en el que esa persona se cruza en tu camino; eso es todo, el resto, es trabajo, voluntad y esfuerzo. Lo que viene siendo, básicamente, vivir.
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