Adorables tóxicos.
Todo el mundo tiene, al menos, un tóxico en su vida.
Son aquellas personas que ocultan sus propias, vampíricas necesidades de autoafirmación tras una apariencia amable, sincera, que impone cercanía. Son lobos con piel de cordero.
Hace unos días me encontré con uno de mis lobos preferidos; una loba, para ser más exacta. Una persona a la que jamás calificaría como amiga si me refiriera a ella en alguna conversación en la que ella no estuviera presente, y a la que me siento obligada a tratar con el entusiasmo y la exclusividad que no dedico a mis amigos más íntimos, a mis hermanos y, ni siquiera, a mis propios hijos.
Acabábamos de despedir para siempre a nuestro padre y estábamos (al menos yo) más confusos que tristes. Mi hermana y mi cuñado me llevaron al bar en el que se habían reunido unos amigos a los que, por motivos geográficos, veo con muy poca asiduidad y la mayoría de los cuales, para ser sinceros, son más amigos suyos que míos.
En el grupo habían varias personas por las que siento una especial simpatía y con las que he ido estableciendo una relación de amistad latente, cimentada a lo largo de mis visitas a España y reforzadas mediante sus breves pero regulares estancias en mi casa de Múnich y algunos días locos de vacaciones en San Sebastián. Ocasiones a lo largo de las cuales hemos ido intimando y conociéndonos, desvelado alguno de nuestros secretos íntimos y hablado de nuestros planes, miedos e inquietudes; hemos reído juntos y comido en la misma mesa, bebido el mismo vino y fumado la misma hierba; hemos recorrido descalzos de noche la bahía de la Concha hasta llegar al Peine de los Vientos y hemos alucinado juntos contemplando las puestas de sol donostiarras, saboreado el mejor pintxo de txangurro de todos los tiempos, bebido xacolí hasta perder el conocimiento, visitado los lugares más emblemáticos de Múnich y disfrutado juntos de la cerveza de trigo y la gastronomía bávara. Supongo, pues, que puedo decir que somos amigos.
Me apetecía verles.
Pero ella, la loba, estaba allí. Agazapada, esperando el momento para abalanzarse sobre mí y consolarme a la fuerza de una pena que no era la mía, aconsejándome vehementemente y obligándome a mostrar un dolor que no sentía. Y no porque no quisiera a mi padre; lo adoraba, pero el duelo había empezado apenas a enraizar en mis entrañas y una rara sensación de satisfacción predominaba sobre cualquier otro sentimiento: Mi padre había dejado de sufrir. Había tenido una buena muerte. Había dado una lección de generosidad, dignidad y valentía. Se había marchado rodeado de sus seres más queridos, a su tiempo, con los deberes hechos y la satisfacción del trabajo bien acabado, como deberían morir todas las personas buenas de este mundo. No, no me sentía sumida en la desesperación.
Pero a ella, a la loba, no le importaba. Ella tenía sus propias necesidades, aunque estas tuvieran bien poco que ver con las mías. Necesitaba demostrar lo mucho que empatizaba conmigo, aunque yo no me sintiera en absoluto reconfortada por sus condolencias y sus histriónicas muestras de un afecto que yo no compartía, o por lo menos, no en esa medida. Me sentí atrapada: no podía deshacerme de su abrazo de licántropa; me vi impelida a seguir el guión que me habían impuesto sus abrazos, manoseos y caricias y sus insistentes declaraciones de profunda amistad. Una amistad que, simplemente, jamás existió.
Mis amigos - aquellos con los que sí había compartido momentos de mi vida más allá de algún comentario amable o un "me gusta" en Facebook y un par de bailes frenéticos bajo la influencia del alcohol-, esperaban, algo atónitos, a que ella, la loba, soltara a su presa para saludarme, para mostrarme, cada uno a su modo, su afecto y empatía. Tuvieron que esperar a que ella, la loba, se saciara de autoterapia y yo, aturdida aún por su tóxico abrazo, quedara libre de aquella cárcel de hipocresía. La mía (mi hipocresía) incluida.
Fue una violación de la que podría haberme zafado con tan solo negarme a entrar en un juego que ella, la loba, había diseñado a la medida de sus propias necesidades. Me traicioné, pero a ella le daba igual y, una vez saciada su sed de autoafirmación como sacerdotisa suprema de la amistad, la loba, volvió satisfecha a su guarida. Al menos, de momento.
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