Buscar en este blog

miércoles, 25 de enero de 2017

La cafetería del mar

La cafetería del mar


Soy Eva, creo, aunque quizás sería mejor empezar de una manera más poética... O no.

A veces, no sé muy bien por qué, la poesía surge así, por el morro. No soy muy disciplinada. Ni metódica. Ni asertiva, así que si la poesía tiene a bien dotar mis pensamientos con una pizca de su magia y los rocía con una parte infinitesimal de su iridiscente presencia, me suelo dar por satisfecha porque, al fin y al cabo, no he tenido que tomarme la molestia de invocarla activamente; también soy perezosa.

Como la mayor parte de las veces no puedo predecir si eso (lo de la poesía) va a ocurrir o no, o en qué medida, creo que lo mejor será dar el pistoletazo de salida a esas fieras hambrientas que moran en mi interior y que, como perros de Paulow,  acuden espectantes al umbral de la pantalla tan pronto apoyo los dedos sobre el teclado e incluso antes: con sólo pensarlo. Ellas -las fieras- tienen un olfato finísimo, un sexto sentido para detectar la carnaza prometida. Vamos pues a abrirles la puerta del corazón, que es exactamente donde se alojan, antes de que sus aullidos enloquecidos por la espectativa me dejen sorda del ventrículo izquierdo. O del derecho. O de una aurícula. La izquierda o la derecha. Da igual.

Ojalá la poesía no tenga nada más interesante que hacer que venir a meter sus narices entre los hocicos de mis queridas fieras laceradas. ¡Allá voy!

Abro las puertas


Me he pasado la vida merodeando. Sí, merodeando. Merodeando por mi pueblo, merodeando entre mis amigos, merodeando por las aulas. Hasta he merodeado entre mis propios hermanos, padres, tíos y, ahora, hijos, marido, el ratón que tenemos en casa y un largo etcétera de seres, pensamientos, creencias, posturas, lugares y, por último, en el Mundo de las Opciones Perdidas, según se entra en mi hemisferio ventricular, a la izquierda... o a la derecha... o todo derecho y al final de la circunvalación.

Bueno- pensaréis- pero eso tiene que ser muy cansado,¿no? (lo de merodear) Pues sí. Es agotador. Y es agotador porque el alma necesita, de vez en cuando, pararse a contemplar un paisaje hermoso y sentarse a tomar un cafelito en una de esas terrazas con vistas que siempre se encuentran en las vidas de los demás.
Pero, ¿sabéis qué?, a partir de hoy- de ahora mismo, para ser más exactos- voy a abrir mi propia cafetería. Con vistas al mar. Un mar azul. Sí, cálido y azul como el Mediterráneo. Mi mar, el "Mare Mium". Y lo podré mirar cada vez que me dé la real gana. ¡Sí senor! y nunca más tendré que esperar que la mejor mesa quede libre de esos cretinos indignos de ella, indignos de esa inmejorable ubicación y de esa tortuga, ese tigre, ese dragón y ese fénix de los que habla el Feng Sui. Indignos de ocupar ese rincón banado, no "por", sino "en" el sol más aterciopelado de la tarde, techado por un emparrado prenado de racimos de uva dulce y áurea, tocado por la magia de la eternidad y libre de incordiantes insectos e invertebrados inoportunos. Sólo alguna cigarra invisible en el anonimato de la distancia y, de noche, iluminado por una corte de luciérnagas, millones de estrellas y un cable con bombillas de verbena. Esa será mi cafetería: la Cafetería Del Mar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario